viernes, 2 de enero de 2009

La huida

Ella escapaba cargando al niño, ya dormido, su cara llena de mocos secos y costras de lágrimas apaciguadas.

El amanecer los seguía, como otro acosador, con sus impertinentes rosas y naranjas, delatando sus figuras y borrando a manotazos de luz las sombras protectoras de la noche.

Ella huía, descalza y desnuda, piel gris, ojos de caverna, llevaba en el cuerpo la expresión de los desesperados: era el guernica, parte de un guernica tremendo y personal, una guerra de años contra el miedo, contra el terror de los golpes y los gritos, una guerra que ahora terminaba en una rauda carrera hacia la nada, una carrera torpe, con un niño dormido, sus jugos secos, lengua pegada al paladar, músculos agarrotados, un cansancio apenas disimulado por la urgencia de sobrevivir.

El azul cobalto de la noche se desgarraba a zarpazos. Frías las constelaciones disipaban sus ojos laberínticos y dejaban paso a la claridad sin misericordia, la claridad sin secretos.

Las calles se empezaban a poblar de voces, ojos, bocas abiertas. Miradas anónimas, vacuas, bovinas, asombros y murmullos, la maquinaria del día, con sus avatares cotidianos, la jauría humana, mitad solidaria, mitad indiferente.

Ella huía, descalza y desnuda, apretaba contra su pecho un niño dormido, mientras que una flor roja e inexorable abría sus entrañas, por allí escapaban las mariposas oscuras de su sangre, aceleradas y febriles, impúdicas y ansiosas.

Pero ella no tenía tiempo para detenerse, sólo huía, sin más pensamientos o sensaciones que el acto de irse, irse para siempre, a ningún lugar y a todos los lugares, a poner distancia entre la muerte y su continuidad, ejerciendo el atávico mandato de las hembras de la especie, salvar al vástago, indeleble mandato grabado en los genes desde los tiempos de los seres primigenios.

Cuando cayó, por fin, la gente en la calle empezaba a tejer las redes de la ayuda, móviles, llamadas de emergencia, corrillos, círculos de brazos y piernas a su alrededor, gritos, comentarios, cruces de información, la novedad de la sangre despertaba expectativas y emociones, dando una nota de color a la rutina, algo que contar para la oficina o en las charlas interminables del mercado.

Cuando cayó, exhausta, la última mariposa de su sangre se asomó a la luz, esta última mariposa era la más tímida, la menor de todas, la hermana de leche de las mariposas, y, entre el azoramiento y el reto de volar, emprendió un vuelo definitivo y fulgurante, clausurando la vida que quedaba en ese cuerpo maternal y vacío.

Cuando cayó, muerta, el niño emitió un estertor de viejo, un estertor agónico, un jadeo de resurrección, un indefinible asunto entre vida y paso a otros dominios.

Entre mocos y lágrimas, el niño fue rescatado por una vecina decidida de los brazos grises de la muerta, los brazos cerrados como un árbol protector sobre el cuerpo del hijo.

Tímida, la mariposa menor, se quedó suspendida en el aire, observando cómo se terminaba ese drama, cómo se llevaban al niño, cómo quedaba en el suelo de la calle ese andrajo inerte con una flor roja y marchita en el costado.

Finalmente, cuando ya se iban las ambulancias, cuando las vecinas corrían las primeras al mercado para comentar las nuevas y los oficinistas miraban sus relojes de pulsera, a sabiendas de que hoy llegarían tarde al trabajo (pero que estaban ampliamente justificados), el viento de la desgracia, un viento opalino y lila, también emprendió camino, llevando entre sus trombas a la pequeña mariposa tímida.



Mónica López
Julio de 2008